El hormigueo en tus piernas y el calor te han acompañado durante toda la
caminata. Piensas en ese mar que los espera al final. Quieres quitarte
la ropa empapada de sudor y sumergirte por horas en las aguas, hasta que
tu piel quede limpia de todo el barro, de tu sangre seca, de la de los
mosquitos que logras aplastar. Guacamaya se mantiene en silencio y
camina con una impaciencia que no le habías visto antes.
No puedo más, dices en voz baja y te apoyas en el tronco de un árbol
para no derrumbarte.
No podemos quedarnos mucho rato.
Yo sé, yo sé.
No recuerdas cuándo fue la última vez que comieron. Guacamaya se sienta
frente a ti y una caricia de sus dedos resbala por tu mejilla, se
detiene en tu cuello. Tu cuerpo siente las cosquillas.
El rojo te luce.
¿Rojo?, respiras profundo para que el rostro recupere su color.
Buscas en el maletín el termo con agua. Tu primer instinto es tomártela
toda. Guacamaya acerca su rostro al tuyo y bebe de tus labios. Ahora sus
dedos vuelven a tocarte y con ellos te invitan a tomar un descanso que
inicia con ese beso y continúa con ella desabrochándote el pantalón, y
tumbándote en el suelo mientras tú le quitas la blusa en busca de sus
pezones.
No podemos quedarnos mucho rato, le dices. Ella se ríe bajándose los
pantalones.
¿Seguro?
No le respondes. Estás muy concentrado en seguir respirando y procurar
que tu corazón no explote cuando el placer invade tu cuerpo, como las
hormigas que caminan por tus nalgas y suben por tu estómago. Guacamaya
las sacude sin dejar de mover sus caderas sobre ti. Aprieta tu camisa al
tiempo que deja escapar los gemidos que no habían compartido en semanas.
A medida que se acercan al orgasmo, ella extiende sus brazos como si
estuviera a punto de volar y se tumba a un lado respirando muy fuerte.
Aunque estás muy cansado, tus labios descienden por su cuerpo y se
empapan de ella para calmar esa sed que vienes sintiendo desde que
empezaron a huir. Saboreas su cuerpo salado y estás seguro de que
morirás ahí mismo.
No puedo más, dices con la cabeza recostada entre sus piernas.
Descansemos un rato.
*
Ambos boca arriba, acostados en la tierra. Las copas de los árboles de
ese bosque tienen mucho cuidado de no tocarse, y sus ramas, separadas
por algunos centímetros, forman ríos que desembocan en la parte del
cielo que está ennegrecida.
Recuerdas otra tarde. Los matorrales y los árboles creaban un escondite
para ustedes y las luces que se filtraban por entre las hojas parecían
portales capaces de llevarlos a otros mundos.
¿Qué hacemos aquí todavía?, te preguntó Guacamaya.
Esperar.
¿Y qué esperamos?
Espérate… ¡No te levantes!... Espérate.
La sujetaste de la mano y ella se giró para verte de frente.
¿Qué estam…
¡Shhh! Ya van a venir.
Al principio vieron una mariposa, luego dos, cinco más. Era una colonia
entera. Podría haber unas treinta, cincuenta, cien mariposas que se
acercaban desde todas las direcciones y, después de revolotear un rato,
se posaban sobre el tronco de un roble coloreando su madera de azul.